No soy político. Tampoco me interesa ganar un concurso de popularidad. Y francamente, no tengo interés siquiera en agradarte. Así que, ¡Qué demonios! Lo diré.

El jueves pasado, una mujer de 54 años de edad, fue asesinada de 2 puñaladas en el interior de su modesto taller de costura, ubicado en el Sector Nuevo Circo de esta ciudad de Caracas. El negocio estaba en completo desorden por lo que se presume que el móvil del homicidio fue el robo.

Pues bien, yo, que hasta hace aproximadamente 2 años era un furibundo detractor de la pena de muerte, tengo que hacer un gran esfuerzo para que mi primera reacción ante los hechos narrados sea distinta a querer la cárcel o la muerte (ésta como pena legalmente establecida y judicialmente aplicada) para los desalmados que cegaron la vida de esta dama.

Pero a pesar del esfuerzo, no lo logro. Y mi primera reacción es esa: querer la cárcel o la muerte para quienes le quitaron, de semejante forma, la vida a la mujer.

Cuánta resistencia pudo oponer la infortunada dama? Cuánto peligro pudo representar para los malechores? Era una mujer. Tenía 54 años. Es dable presumir que podía ser sometida fácilmente.

Asi que estimada amiga o amigo que me lee, si la irritación que este abominable crimen le genera (y con su permiso asumo que cierta irritación le genera) no llega al nivel de desearle a sus perpetradores la cárcel o la muerte, reciba mis mayores respeto; usted es mejor que yo.

Enviado desde mi BlackBerry de Movistar

De detractor a promotor. Mi transición

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